El niño es un ser sexual

El niño es un ser sexual

A los padres siempre les cuesta comprender que sus hijos son seres tan sexuales como ellos, y probablemente tan ávidos de placer como cualquier adulto. Además, aún no han sido «educados» para reprimirse como si lo hemos sido nosotros.

Sexólogos de todas partes de mundo han señalado que desde su nacimiento, el niño posee sexualidad. A diferencia de los mayores, él comprender esta parte de su vida como fuente de disfrute, de juego, de conocimiento. El adulto, por obra y gracia de una formación castrante, califica y esconde el placer que le produce la sexualidad.

Sexualidad antes de los cinco años:

Los niños responderán en forma diversa según la edad y el período en que estén. Desde el nacimiento y hasta aproximadamente los dos años, las conductas relacionadas con el placer sexual son mamar, chupar, llevarse todo a la boca, bailar, abrazarse o la petición de que los mantengan cargados, así como también la búsqueda de objetos de textura suave: peluches, cobijas y almohadas.

Es normal en estas edades tocarse reiteradamente los genitales al dormir. El varoncito se halará el pene, se reirá con la erección y lo mostrará a quienes estén cerca. La hembra por su parte, se tocará la vagina y la abrirá un poco para detallarse mejor. Los niños pueden sentirse sexualmente estimulados con las mamas de la madre o de otras mujeres y podrían intentar tocarlas, pues es la zona del cuerpo de los adultos que más suelen llamarles la atención.

Se considera natural que a esas edades los niños traten de orinar como las niñas, y viceversa, pues en un intento por lograr su identidad sexual.

Después de los cuatro años:

Necesitan saber un poco más, y por ello tratarán de pescar la desnudez de los mayores en cualquier descuido. Los ojos de las cerraduras le brindarán excelentes oportunidades. Si sus padres se bañan con ellos, es probable que quieran tocarlos. La clásica pregunta se hará presente: «Papá ¿por qué tú lo tienes así y mamá de otro modo?» o Mamá ¿por qué tú tienes pelos y yo no?». Lo importante es responder con propiedad y sin exasperarse. En busca de la identidad.

El pene de los padres también puede constituirse en motivo de atención tanto para hembras como para varones. Es importante comprender que en busca de su propia identidad sexual, los niños pueden jugar con muñecas, y las niñas asumir actitudes masculinas. Esto no debe ser motivo de preocupación. Tal conducta suele desaparecer posteriormente.

A partir de los seis años:

Comienzan los juegos sexuales más activos, surge el «encuentro niña-niño», pautado por el tacto de los genitales, la imitación de posturas coitales e incluso puede haber introducción de objetos por el ano.

Es posible observar que para este último juego el niño busque a sus compañeros más pequeños y que tenga la tendencia de hacer juegos orogenitales.
A los siete años los niños empiezan a jugar con los compañeritos de su mismo sexo. Las niñas se juntan con las niñas y en el colegio remarcan esta división.

Los roles sexuales comienzan a diferenciarse claramente, y al año siguiente los padres oirán a sus hijos contar chistes verdes, y los verán reírse, pero en el fondo aún no comprenden el significado real de aquello que dicen. Sin embargo, el placer por el contacto físico se mantendrá.

Después de los nueve años:

Su interés por el sexo probablemente se vea animado por la actitud de «secreto» que gira alrededor de él. Los compañeritos se reunirán y hablarán del tema en susurros. Probablemente las revistas pornográficas circulen clandestinamente. Se iniciará la masturbación, quizás siguiendo el ejemplo del grupo, y tal vez se establezcan juegos de competencia en cuanto a capacidad sexual.

Estas, son expresiones sanas, y solo podrían considerarse patológicas, si al persistir, interfieren en manifestaciones características de otras edades. La sexualidad como elemento integral
Sin embargo, se afirma, que no puede circunscribirse la sexualidad al ámbito de los genitales.

El individuo debe luchar siempre por una sexualidad libre, y debe rescatarla en cada etapa de la vida como elemento integral. Los adultos, por su formación represora, no entienden al niño como ser sexual, porque consideran al sexo algo pecaminoso.

La socialización reemplaza al placer por el deber. Es lógico que un individuo educado así, se convierta en represor. Cuando las madres descubren que la zona de la boca proporciona placer sexual a sus hijos, dejarán de amamantarlos.

Contribuir a que el niño crezca como ser sexual es lograr su desarrollo pleno. Pero para que esto ocurra, es preciso que el adulto rescate e incorpore la sexualidad como una parte constitutiva, vital, y admita que está interviniendo en la formación de la sexualidad del niño con cada acto.

Deberá comprender que la educación sexual es un hecho cotidiano, que se manifiesta sin darnos cuenta, en nuestras conversaciones o actitudes.
En cualquiera de los casos, lo que queda claro es que aceptar y orientar la vida sexual del niño es formar un adulto sano y feliz para el futuro, «niños sexualmente sanos para lograr hombres socialmente libres».